«Recoger testimonios de quienes sufrieron el paso por campos de concentración no es fácil. El hecho de ser mujer lo vuelve aún más complejo, por todo lo silenciado y por todo lo que esa experiencia conlleva». Con esa reflexión, el investigador y escritor español David Serrano Blanquer abrió la presentación de su libro «Cuerpos cautivos, memorias vivas» en el Espacio Memoria y Derechos Humanos (ex ESMA), en el marco de las actividades por los 50 años del golpe de Estado.
La obra recupera las experiencias de mujeres que estuvieron detenidas en distintos centros clandestinos de detención, tortura y exterminio (CCDTyE) durante la última dictadura cívico-militar. A partir de testimonios de sobrevivientes de diversas edades, procedencias y militancias, la investigación reconstruye las múltiples formas de violencia ejercidas sobre los cuerpos femeninos y pone en valor las estrategias de resistencia, cuidado y solidaridad que las mujeres desplegaron incluso en las condiciones más extremas.
La presentación reunió a sobrevivientes, integrantes de organismos de derechos humanos, investigadores, estudiantes y público en general. Junto al autor participaron tres de las mujeres que aportaron su testimonio para la obra: la periodista y escritora Miriam Lewin, sobreviviente de la ESMA; la psicóloga, psicoanalista, docente e investigadora Ana María Careaga, sobreviviente del ex CCDTyE Club Atlético; e Iris Avellaneda, presidenta de la Liga Argentina por los Derechos Humanos y sobreviviente del ex CCDTyE Campo de Mayo.
Una de las cuestiones que atravesó la conversación fue el largo silencio que rodeó las violencias específicas sufridas por las mujeres durante el terrorismo de Estado. En mayo de 1977, Miriam Lewin, entonces estudiante de periodismo, fue secuestrada y trasladada primero al centro clandestino Virrey Cevallos y luego a la ESMA, donde permaneció cautiva y fue obligada a realizar tareas de traducción para la Marina como mano de obra esclava. Ya en democracia, como periodista de investigación y testigo en los juicios por delitos de lesa humanidad, impulsó la visibilización de las agresiones sexuales como una práctica sistemática del terrorismo de Estado.
Para la sobreviviente, fue recién a finales del siglo XX que empezaron “a hablar de algo que era tabú, porque se suponía que los sobrevivientes de la ESMA, pero sobre todo las mujeres, habíamos hecho cosas terribles para sobrevivir”, dijo Lewin y agregó: “es decir, éramos traidoras, nos habíamos entregado sexualmente a los represores, y por eso nos habían garantizado esta sobrevida”.
Y agregó: «Las que habíamos sido violentadas sexualmente teníamos el estereotipo de que, si algo te pasaba y no había sido con una pistola en la cabeza, habías dado tu consentimiento. Hoy vas a denunciar violencia sexual y las preguntas siguen yendo en el sentido de la culpabilidad», señaló.
Ana María Careaga fue secuestrada en 1977 cuando tenía 16 años y estaba embarazada. Hija de Esther Ballestrino de Careaga, una de las fundadoras de Madres de Plaza de Mayo desaparecida por la dictadura, desde hace décadas desarrolla una intensa labor en la defensa de los derechos humanos, la docencia y la investigación. Durante el encuentro destacó el papel que tuvieron las Madres y el movimiento de derechos humanos para sostener la memoria colectiva en los años más difíciles. «Lo que hicieron las Madres, el movimiento de derechos humanos y otros actores sociales fue sostener la presencia permanente de esa ausencia a través de las representaciones simbólicas», expresó. Y resaltó también la importancia del testimonio como una herramienta fundamental para construir memoria. «Hay algo del decir, del testimonio, que justamente separa de los dichos de los que nadie se hace cargo», sostuvo. Y agregó: «No es ‘a mí me lo contaron’, es ‘yo lo sufrí'».
La intervención de Iris Pereyra de Avellaneda volvió sobre la importancia de transmitir estas historias a las nuevas generaciones. Histórica militante por los derechos humanos, fue secuestrada en 1976 junto a su hijo Floreal «Negrito» Avellaneda, de 15 años, asesinado por la dictadura. Desde entonces ha dedicado su vida a la búsqueda de memoria, verdad y justicia.
A 50 del golpe, aseguró que la experiencia sigue estando «tan latente» como entonces y compartió una anécdota ocurrida durante una charla en una escuela primaria. «Una nena se acercó y me preguntó cómo habían matado a mi hijo. No podía contarle con lujo de detalles porque era una criatura. Cuando terminé me preguntó por qué no lloraba al hablar de él. Le respondí que ya había derramado demasiadas lágrimas y que las de ahora eran de alegría. Entonces me dijo: ‘¡Cómo te quiero!’ y me regaló los aritos que llevaba puestos».
A lo largo del encuentro, las intervenciones coincidieron en una idea: recuperar estas voces no solo permite ampliar la comprensión sobre el terrorismo de Estado y las violencias específicas ejercidas contra las mujeres, sino también fortalecer la transmisión de la memoria hacia las nuevas generaciones. En ese sentido, el libro «Cuerpos cautivos, memorias vivas» constituye un aporte para seguir incorporando nuevas miradas y nuevos testimonios a la construcción de la historia reciente.



