En este #8M -Día Internacional de la Mujer- compartimos los testimonios de mujeres sobrevivientes de la ESMA, quienes a través de sus relatos visibilizan las diversas formas de machismo en el plan sistemático de exterminio, la diferentes formas de resistencia, los vínculos de solidaridad y sororidades, embarazos y violencia sexual y de género.

Durante la última dictadura cívico militar más del 30 por ciento de las víctimas del terrorismo de Estado fueron mujeres, de acuerdo a los datos recabados por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP). La violencia que las atravesó en los centros clandestinos de detención, tortura y exterminio fue específica y sistemática. Abusos sexuales, violaciones, agresiones verbales, amenazas, desnudez forzada, embarazos no deseados, abortos producto de la tortura, partos clandestinos, separación y apropiación de sus hijxs y esclavitud sexual fueron algunas de las formas particulares que adquirieron estas violencias.

 

¿Cómo era ser mujer y militante durante el terrorismo de Estado? ¿Cómo enfrentaron la violencia sexual durante el cautiverio? ¿Cómo las afectó el silencio y la falta de escucha? ¿Cómo eran las estrategias de supervivencia? Son algunas de las preguntas que surgen cuando se piensa en las mujeres que sobrevivieron al terror en la clandestinidad de la última dictadura en nuestro país.

Muchas de las sobrevivientes denunciaron los crímenes durante los años de la dictadura. Hablaron de la tortura, los asesinatos, las apropiaciones de bebés, la violencia cotidiana y los tratos inhumanos. Sin embargo, les llevó más tiempo denunciar las prácticas de violencia sexual y las distintas formas de violencia de género. Y como si esto fuera poco, los delitos sexuales cometidos por los represores no fueron considerados parte del plan sistemático contra la población, si no como hechos aislados. Recién en 2010, la violencia sexual, en este contexto, fue tratada como delito de lesa humanidad.

Por otro lado, en 2019 se inauguró. en el Museo Sitio de la Memoria ESMA, la muestra temporaria “Ser Mujeres en la ESMA. Testimonios para volver a mirar”, una exposición basada en los testimonios judiciales de las sobrevivientes, sobre la violencia de género y los delitos sexuales cometidos en la ESMA. Este trabajo permitió abordar por primera vez, un cruce generacional que permitió registrar, con los sentidos de los feminismos actuales, las diversas dimensiones de la violencia sexual ejercidas particularmente sobre ellas en los centros clandestinos de detención.


En agosto de 2021, por primera vez, el Poder Judicial argentino condenó a dos genocidas Jorge “Tigre” Acosta y a Alberto “Gato” González por abusos sexuales y violación que cometieron contra prisioneras de la ESMA durante la última dictadura cívico militar.

En este #8M compartimos los testimonios de Liliana Pelegrino, Miriam Lewin, Ana María Sofianttini, Silvia Labayru y Graciela García Romero, sobrevivientes de la ESMA, quienes a través de sus relatos visibilizan las diversas formas de machismo en el plan sistemático de exterminio (violencia sexual y formas de disciplinamiento para reforzar los estereotipos), la diferentes formas de resistencia, los vínculos de solidaridad y sororidades, embarazos y maternidad dentro del centro, violencia sexual y de género.

 

Ser mujer y feminista en dictadura

“En ese momento el feminismo era incipiente, cuando se hablaba de hombre nuevo no se incluía a la mujer pero el hecho era transformar la realidad y el patriarcado dentro de la militancia. En ese sentido, pienso que todas teníamos muchísimas ideas sobre eso que no fueron realizables porque no tuvimos esa oportunidad de saber cómo esas ideas iban a surgir y cómo iban a crecer dentro de un movimiento revolucionario. Entonces, el feminismo nace en mí desde ese momento”.

Liliana Pellegrino fue secuestrada, junto a su pareja, en noviembre de 1978 y liberada a principios de mayo de 1979. Si bien la dejaron en su casa, tuvo una “libertad vigilada” por parte de los represores de la ESMA. Esto último fue hasta mediados de 1983, antes de la vuelta a la democracia con el gobierno de Raúl Alfonsín, cuando se exilió en Suecia tras un segundo intento de secuestro del aparato represivo.

 

La mujer como objeto

“Lo primero que me dijeron las compañeras cuando me encerraron en la ESMA fue que a los militares les gustaba que nos pusiéramos aritos, rimel, lápiz labial. Las compañeras me enseñaron que tenía que preocuparme por estar bien arreglada. Nuestra estética adolescente era muy masculina: usábamos pantalones vaqueros y camisas a cuadros, no muy distinto de lo que usaban nuestros compañeros. Y los militares querían que abandonáramos esa vestimenta porque lo ellos querían que nosotras recuperemos esa figura de la mujer objeto, de la mujer adorno, de la que se pinta y se arregla para agradar al hombre. Y estaban convencidos de que nos habíamos enamorado de la persona equivocada, que nuestros compañeros nos habían lavado la cabeza, que no teníamos convicciones propias».

Miriam Lewin es periodista, durante su juventud fue militante en la izquierda peronista lo que la llevó a estar detenida en el centro clandestino de detención Virrey Cevallos y en la ESMA. Recuperó su libertad en 1979 y en democracia se dedicó a reconstruir la historia de los sobrevivientes. En el 2014 junto con Olga Wornat escribió el libro «Putas y Guerrilleras» que aborda los delitos sexuales en los centros clandestinos de detención durante la última dictadura militar.

 

La sororidad como resistencia

“Las pequeñas resistencias que hacíamos, cuando dábamos ese abrazo a la compañera que era violada, cuando acompañamos a las niñas esas que eran mamás que parían dentro de la ESMA, cuando en el trabajo esclavo simulábamos, porque la situación de simulación ahí era tremenda. Nada nos garantizaba la vida. Los únicos que saben por qué vivimos son los genocidas, no lo decidimos nosotras. Entonces esas fueron nuestras resistencias, y esas resistencias fue la que nos unió la que nos unió a las mujeres lo que nos unió con nuestras compañeras”

Ana María Soffiantini era militante de la organización Montoneros. Estaba casada con Hugo Luis Onofri, quien había desaparecido el 20 de octubre de 1976. El día 16 de agosto de 1977 fue secuestrada junto a sus dos hijos y traída a la ESMA. Días después supo que los chicos habían sido llevados a Ramallo con sus abuelos maternos. En enero de 1979 entró en un régimen de libertad vigilada que duró hasta 1980.

 

Las mujeres, botín de la dictadura

“Nuestros cuerpos fueron considerados como botín de guerra. Eso es algo bastante habitual, por no decir muy habitual, en la violencia sexual. Y utilizar o considerar a las mujeres como parte del botín es un clásico en todas las historias represivas de las guerras. Son innumerables los casos, forman parte de la cultura de la guerra y en esto no fue una excepción. Hubo muchas variedades. Y sí hubo un tratamiento diferencial entre secuestrados hombres y secuestradas mujeres, evidentemente”.

Silvia Labayrú fue secuestrada y llevada a la ESMA el 29 de diciembre de 1976, a los 20 años de edad y embarazada de casi 6 meses. Fue liberada un año y medio después. Con su compañero Alberto Lennie militaban en Montoneros. González y Acosta fueron acusados como coautores de los delitos de violación sexual cometida contra ella. Labayrú identificó a González como su violador mientras estaba detenida-desaparecida en la ESMA.

 

La violencia sexual como hecho político

“Las violaciones fueron un hecho político. Hubo varias compañeras que fueron violadas por más de uno y algunos violaron a más de una. La diferencia con la picana es que la picana tenía un sentido -que era conseguir información rápidamente y quebrar a la persona-. En cambio, en la ESMA la violación fue con el tiempo, fue pensada -de la misma manera que fue pensado que pudieras hablar con tu familia-. El plan de exterminio tenía un montón de estrategias y nosotras éramos la mitad de la población de la ESMA. Se trata de un delito en sí mismo, que tiene que ver con quienes éramos y con nuestro estilo de ser mujeres”.

Graciela García Romero. era militante peronista de Montoneros. El 15 de octubre del año 1976 fue llevada a la ESMA y privada ilegalmente de su libertad. Permaneció detenida clandestinamente, bajo condiciones inhumanas de vida. Durante el año 1977 Graciela fue llevada en varias oportunidades desde la ESMA a un departamento, donde estaba el Tigre Acosta, quien la obligaba a mantener relaciones sexuales con él, amenazándola con ordenar su inmediato “traslado” (muerte). Antes de ser liberada, Graciela tenía salidas autorizadas, como otros detenidos-desaparecidos sometidos al trabajo esclavo.

Mantener viva y actualizada la memoria es imprescindible. Volver sobre los hechos y pensar las políticas de memoria sobre el terrorismo de Estado con un enfoque de género permite resignificar las luchas en defensa de los derechos de las mujeres.

 

Todas juntas, este 8 de marzo, alcemos la voz y digamos #NiUnaMenos #LibresNosQueremos

Fuente: Testimonios extraídos de la muestra ““Ser Mujeres en la ESMA. Testimonios para volver a mirar” (2019), Juicio ESMA y producción propia.

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