Esta reseña es un homenaje al pensador por su reciente fallecimiento, y da cuenta de algunas de las reflexiones que le dedicó a este sitio de memoria…y del contacto permanente que tuvo con la institución.

*Daniel Schiavi

El combate de la ESMA

Horacio lee a Robert Potash, el historiador del Ejército – que junto a Alan Rouquié son los grandes investigadores de la institución militar-  y subraya un episodio: el enfrentamiento Marina-Ejército sucedido frente a la ESMA el 4 de junio de 1943. Lo publica en un libro titulado Perón, reflejos de una vida, una suerte de biografía intelectual del peronismo. Son trece capítulos y el  cinco lleva este nombre.

Lo cita a Potash que, parado en el 17 de octubre del 45, al preguntase por las razones del éxito de la movilización popular,  nos reenvía a 1943, dos años antes, al enfrentamiento del Ejército con la Marina, para dar una posible respuesta.

Los hechos:

El 4 de junio de 1943 una columna del Ejército de la guarnición de Campo de mayo pasa frente a la ESMA. Se dirigen a la Casa de Gobierno para derrocar al presidente Castillo. La Marina está dividida entre los que apoyan el golpe y los que no. La ESMA recibe la orden de resistir.

El Ejército, a través de su jefe de columna, el coronel Ávalos, pregunta a la guarnición comandada por el director de la ESMA capitán de fragata Fidel Anadón si se pliega al movimiento. Frente a su negativa, se desata un tiroteo de 40 minutos, iniciado por la Marina.

La balacera deja 15 muertos y 38 heridos en el Ejército contra 4 fallecidos de los marinos. También mueren 11 civiles que pasaban en un transporte público. El coronel Ávalos ve caer a su ayudante de campo a su lado, muerto. Fin del episodio.

Dos años y medio después, el ya general Ávalos se encuentra al frente de la poderosa guarnición militar de Campo de Mayo y conspira contra Perón para neutralizarlo. Lo logra. Perón es confinado preso por la Marina en la isla Martin García. Pero llega el 17 de octubre de 1945 y se produce la asonada popular para liberarlo. La Marina propone reprimir: hay que cercar la ciudad y en su caso bombardearla con la flota de mar (como más tarde lo volverían a intentar). Los jefes de regimiento a su cargo quieren salir…pero el general Ávalos se niega. Y aquí se cierra la parábola de  Potash, que Horacio González rescata y comenta. Potash dice que no quiere reprimir “porque es posible que la actitud de Ávalos reflejara consciente o inconscientemente un profundo sentimiento de culpa”,  por los recuerdos nunca olvidados del altercado de la ESMA que produjo pérdidas de vidas innecesarias. Y remata “Los hechos del 4 de junio de 1943 y del 17 de octubre de 1945 guardan una relación más estrecha de los que se cree generalmente.”…pues…”desarmó psicológicamente al único oficial que disponía de poder suficiente para impedir que Perón conquistase un control total en octubre de 1945”.

El comentario crítico de González a este relato de Potash es delicioso: “Interpretación a primera vista psicologista, propia de un libro que hace gala de un conocimiento detallista de las relaciones entre personas, de los sigilosos cálculos de confrontación mutua, de las infinitas urdimbres verbales y los itinerarios personales entrecruzados que le dan a la historia colectiva una base irremisiblemente casera, reservada, propia de la quincallería del “papel del individuo en la historia”.

Dicho esto, a continuación lo rescata: “Sin embargo, la interpretación del curso colectivo de las cosas encarnado en un causalismo basado en la decisión de los individuos políticos, o simplemente de los individuos- no deja de ser considerablemente atractiva. A contramano de las historiografías conocidas (N.de A: las estructuralistas, impersonales, sistémicas)…hay un biografismo que singulariza la decisión en la persona dramática de algún hombre en especial. Con eso mantiene la continuidad con el hilo persuasivo de la historia a través de un fuerte compromiso con formas habituales de la odisea popular”.

Y para cerrar el capítulo 5, “El combate de la ESMA”, nos lega lo siguiente:  “Son apuntes, hojas sueltas circunstanciales, que alguien podría adjuntar a la historia de la ESMA, como edificio, y como lugar, topo de la sangre propagada.”

Y en eso estamos querido Horacio González.

La pregunta del umbral

¿Dónde entramos cuando entramos a la ESMA?

¿Dónde entramos cuando entramos a este edificio, a la Escuela de Guerra Naval, a la Ex ESMA, al Centro Cultural de la Memoria Haroldo Conti?

Esa es la “pregunta del umbral” que se hizo Horacio González en el año 2010, en un seminario organizado por el  Conti (entonces dirigido por Eduardo Jozami) llamado “Tradiciones en pugna. 200 años de historia argentina”, en ocasión del bicentenario de la patria. Seminario que felizmente terminó en un libro. Pregunta dice él, que nos hacemos todos y que se va abriendo en muchas otras:

“¿Por qué conservar el nombre del edificio “Escuela de Guerra Naval” cuando a la vez intentamos invertir o refutar su significado? ¿Cómo será ese ciudadano futuro y su disposición memorística? ¿La fijación del pasado no hará perder a las futuras generaciones la emoción última, la conciencia dramática de lo que significa estar aquí?”

Recuerda la frase de Néstor: “Vengo a pedir perdón en nombre del Estado” “Es el mismo Estado el que pide perdón por lo que hizo otro Estado, que es otro y a la vez el mismo.”

“¿Acaso nos molestaría que el mundo persistiera en mantener la memoria de sus episodios más dramáticos? ¿Para qué?  ¿Para finalmente asegurar algo que el mundo sabe es muy difícil de mantener: que no se repita?”

Discute a Ernest Renan con su idea de que no es bueno para un pueblo revolver sus heridas, defendiendo así la necesidad del olvido. Dice que la Argentina demuestra que la memoria constante no es un peligro. Que es posible sin ser dañosa. Que es constructiva.

“Por lo tanto, es bueno que esto sea parte de la vida cotidiana, y al mismo tiempo es bueno que sepamos que hay algo que nos descotidianiza permanentemente.

¿Cómo será esta descotidianización?”

Y volviendo a la pregunta inicial, González explica: “Me parece bien no preguntársela en todo momento porque la reflexión sobre la presencia de alguien en lugares donde hubo el horror no es aconsejable permanentemente. Creo que la vida cotidiana tiene sus exigencias, y la convivencia y el presente tienen un ligero tinte de… no de olvido, sino de apaciguamiento. Eso no me parece mal, porque no podemos vivir bajo la exaltación del recuerdo permanente del horror. Pero tenemos que, de algún modo, descubrir la forma de que, al acatar ciertas exigencias de la vida cotidiana, en algún punto del museo, de la visita a la ESMA, de un acontecimiento como éste, tiene que aparecer el tema bajo formas dignas, no de obligar a los demás a tener un sentimiento que no quisieran tener. Pero el que lo quiera tener, tiene que encontrar la forma adecuada de decirlo. Y así se cumpliría la función memorística de este edificio”.

Se sabe, el sitio ESMA, o todos los sitios de memoria, son lugares malditos, invivibles o intragables. Así lo perciben tantos ciudadanos…los que se atrevieron a visitar y no volvieron,  y los que nunca lo pisaron o pisarán. Una oscuridad esplendente emana de ellos y los vuelve casi sagrados. Se sabe también, que son lugares de la verdad, del duelo posible, de la reparación, de la flor en la reja y la palabra luminosa, pasibles de ser contenidos, y entonces, habitados.

Así, González penetra en los meandros de un habitar conflictivo -novedoso e improvisado-  de la  escuela de mecánica devenida sitio de memoria, donde se juega la vida de hoy con la muerte del pasado, y viceversa.

La pregunta del umbral entonces, aparece como una alerta temprana que todo visitante del sitio, y más aún, su habituales ingresantes, activan tarde o temprano al trasponer la entrada.

Historia y Conciencia jurídica.

En este discurso dado en una de las actividades del CCMHConti,  González inicia un recorrido por el Juicio a las Juntas de la mano del escritor J.L. Borges, el historiador Halperin Donghi, el fiscal Strassera (con una cita a su contraparte, el almirante Massera)  el filósofo cordobés Oscar del Barco y su colega León Rozitchner.

González mira el evento del Juicio con los ojos de la literatura, la justicia, y la filosofía. También se sabe: Borges asiste al Juicio y escribe un texto impresionado: le toca escuchar al sobreviviente ESMA y testigo Víctor Basterra. Dice González que Borges pese a su sistema, su modo de pararse, toma posición y condena: los militares son los culpables.

Entra en escena Halperin Donghi y su mirada, el historiador de “Revolución y Guerra”, de “La larga agonía de la Argentina Peronista”  que no temía meterse con la historia reciente. Dice de él: “Creo que Halperín concluía su ensayo afirmando que la mutación trágica que se había alojado en la historia nacional, quebrando la proporción entre sus conflictos políticos e imágenes de reparación, introducía una novedad radical en el cuerpo nacional. A partir de entonces, no se podría considerar la historia del país como una totalidad maciza de memorias sino como un vacío primordial que reclamaba nuevos símbolos y representaciones.”

Con Strassera se centra en lo que el Juicio a las Juntas significó y significa resaltando su alegato como una pieza magistral de lo que él mismo llamó “la conciencia jurídica argentina y universal” y lo contrapone al discurso defensivo del condenado Massera que pretende “una reconciliación nacional donde “todos los muertos” serían “de todos”, a la manera de una refundación nacional basada en el sacrificio catártico, necesariamente sangriento. No sería imposible ver las huellas de Joseph de Maistre en el marino que quiso “purificar por la sangre” a una suerte de democracia social imaginada entre sueños retorcidos y fabricada en las mazmorras. O la Argentina seguía el camino de las ensoñaciones de Massera, o el del texto cardinal de Strassera. Con las dificultades conocidas, esto último fue lo que pasó.”

Y como H.G no es de sacar la mano cuando las papas queman, introduce un tema espinoso: el “no matarás” con que el filósofo Oscar del Barco intervino en la escena intelectual en los 90. Proveniente del campo revolucionario en los setenta, del Barco sitúa en el centro de una ética refundadora del vivir en común, el tema del dictum bíblico. “La discusión que desató esta carta dirigida como mera “carta de lector” a La intemperie, revista cultural cordobesa, y que aludía a un episodio marginal de las guerrillas prefiguradoras de lo que luego fueron los grandes nucleamientos posteriores, es también parte de los anales de la conciencia jurídica y humanística argentina. No es otra cosa.” Y cierra el discurso : “Correríamos máximo peligro si lo grave que necesita ser pensado, se somete a reglas de oportunidad inmediata. No se trata de evitar responsabilidades ni de cerrar el debate histórico. Se trata de no abandonar la conciencia jurídica universal conquistada.”

Con los guías del Espacio para la Memoria

Desde su recuperación, el sitio de memoria contó con un equipo destinado a ser guías del mismo de cara a las visitas, restringidas al principio, dada la convivencia por tres años con los marinos que aún no habían sido desalojados, y luego abiertas a toda la comunidad. Esto significó un continuado ejercicio de formación en los que participaron los sobrevivientes del centro clandestino de detención, protagonistas varios y estudiosas de la época, y finalmente, los  profesores de la cátedra de historia social argentina de la facultad de ciencias sociales de la UBA.

Horacio González fue invitado a cerrar el ciclo con una charla con el equipo y relató su experiencia como militante y su mirada sobre la época. Ya era Director de la Biblioteca Nacional y vivía en Parque Lezama. Llegó a la ex ESMA en colectivo. Pero…por qué te viniste en colectivo desde tan lejos? le preguntaron…Por qué no habría de hacerlo, si soy un ciudadano común, les contestó. Ése era Horacio. Y también éste… los guías querían saber sobre su opción por “la Lealtad” el grupo que  se abrió de Montoneros tras los eventos en Plaza de Mayo donde Perón “echó a la juventud maravillosa” de la plaza, produciendo una ruptura pública y dolorosa que atravesó a todos los frentes de la organización. Entonces contestó: “Primero y antes que nada quiero decir que mi elección por la Lealtad, fue una elección frente al compromiso crucial al que se enfrentaba la militancia en ese momento: poner en riesgo la vida o no ponerla. Yo elegí lo segundo”.  No cualquiera 38 años después de producido el hecho, se atrevería a ser tan honesto frente a una juventud siempre sensible a los heroísmos.  Y luego sí, se adentró en la época. Así continuó, según la nota que cubrió el encuentro:

“¿En qué momento y cómo juzgar los desplazamientos que se producen en la vida de las personas, probablemente sus estilos políticos y convicciones, y los nombres que usan?” se preguntó González durante el encuentro, en el que recordó los debates en el interior del peronismo, particularmente en la Tendencia Revolucionaria de los setenta y la JP Lealtad. La charla sobrevoló, además, los desafíos que propuso la fórmula “izquierda nacional” de aquellos años, retomando trazos del pensamiento de Cooke, Hernández Arregui, Rodolfo Mondolfo y Gramsci. Durante la exposición el sociólogo definió a Perón como un “gran personaje desprejuiciado”, “gran fabricante de consignas, como Lenin”.

Asimismo, describió el clima universitario de principios de los años setenta y las fricciones que supusieron la inminencia de la lucha armada revolucionaria, así como las decisiones políticas en el resguardo de la vida. Se debatió, a su vez, sobre el concepto de “lealtad”. En tal sentido, González planteó que «en la doctrina usualmente aceptada en la vida política, el traidor es alguien que aglutina al grupo, desde el exterior, habiendo sido parte de él y rechazándolo, de modo que ejerce una función de negatoria (…) obliga a producir un conjunto de sanciones, vituperios, y se llega al núcleo último de la política, que puede ser la injuria”. Finalmente, se revalorizó la creación y existencia de los Sitios de Memoria.

Un recuerdo personal

En la mítica librería Gandhi dirigida por Elvio Vitali, se reunía la creme de la creme de la inteligentzia de la izquierda peronista y otras progresías porteñas: por allí pasaban Nicolás Casullo, Ricardo Forster, Alejandro Kaufman, escritores como David Viñas y Rodolfo Fogwill, psicoanalistas como Germán García, periodistas como María Moreno, Claudio Uriarte y Alejandro Horowicz, y tantos otros. Y por supuesto, Horacio González.

Me tocó presenciar una situación que lo pinta de cuerpo entero. Horacio había comprado libros y  ya saliendo debía atravesar un control electrónico que disparaba una alarma en caso de que el libro no hubiera sido desactivado al momento de la compra. Era para disuadir a los amigos de lo ajeno. Pues, la alarma sonó. Horacio se detuvo medio petrificado. Un empleado se acercó amablemente (sabía quién era) y lo tranquilizó quitándole importancia al hecho, que seguro había sido un olvido del cajero, etc. Pero no. Horacio no se movió. Miró a los ojos al muchacho y empezó a perorar sobre la sociedad del control y la vigilancia y las nuevas tecnologías del poder, mientras el chico enmudecía y asentía acongojado a la voz del maestro.

Pienso que eso era, entre tantas otras cosas, Horacio González, un intelectual pero de los activos, alerta a la contingencia del cotidiano, que no deja pasar lo que la costumbre o el tic pragmático consiente. Hallar significados ocultos con la inteligencia. Encontrar agua subterránea con una vara.

Un rabdomante, eso era.

*Coordinador de Investigación y Archivo del Ente Público Espacio Memoria y DD.HH ex ESMA