El 7 de abril se conmemoró el aniversario 25 del genocidio de Ruanda. Tras una inmensa marcha, el actual presidente, Paul Kagame, el jefe de la Unión Africana, Moussa Faki Mahamat  y el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, encendieron una llama en honor a las víctimas  en el Memorial del Genocidio de Kigali, donde descansan los restos de 250 mil víctimas,  dando inicio a 100 días de luto. En este período habrá actos en todos los centros de memoria del país. En las redes se lanzó el hashtag  #kwibuka25 con el que ruandeses de todo el mundo celebran la memoria del genocidio.

A miles de kilómetros de ese país africano, Ana María Rocha, trabajadora del Espacio Memoria de la ex ESMA, reconstruye su propia experiencia en Ruanda, lugar al que viajó en 1994 en una misión como oficial de derechos humanos del Alto Comisionado de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

“El genocidio realmente fue terrible”. Conserva un español neutro, sin acentos, los modismos españoles y porteños se entrecruzan. Ana María Da Rocha vivió en muchos países, habló muchas lenguas, vivió muchas vidas. Trabaja como asesora legal de Auditoría en el Ente Público Espacio para la Memoria ex ESMA, y aunque su figura diminuta y sus modales delicados puedan engañar el observador poco atento, Ana supo estar en los territorios más complejos y lejanos.

Unos meses antes de aceptar el cargo que ahora ejerce en la ex ESMA, coordinaba proyectos de asistencia humanitaria en República Centro africana, recién salida de una guerra civil.

En 1994 se encontraba en Mozambique, trabajando en una “peace skip operation” (operación de mantenimiento de la paz) como oficial electoral. Ahí le propusieron ser oficial de derechos humanos del Alto Comisionado de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en la primera misión sobre el terreno que el organismo realizaría en Ruanda.

No dudó en aceptar.

“Llegamos a ser un grupo bastante importante, estoy hablando de alrededor de 130 personas repartidas en un territorio muy pequeño”, recuerda Ana María.

Ruanda fue colonia Alemana y luego Belga y los belgas empezaron a diferenciar una tribu de la otra, decían que los Tutsis eran más estilizados, que tenían un cuerpo más atlético, que eran más aptos para la función pública, fueron considerados más cercanos a los europeos y por ende superiores. Para diferenciarlos de los Hutus se basaron en las teorías raciales de la época, medición de cráneo, color de la piel y de los ojos, produciendo así una división en castas sobre base étnica. Las diferencias entre Hutus y Tutsis se empiezan a gestar en el período de la colonización.

El rencor que llevó al genocidio, también.

El  pequeño país pasó de tener siete millones de habitantes en abril de 1994, a 6 millones en junio de ese mismo año.

Poco más grande que la provincia de Tucumán, Ruanda es un país mediterráneo que tiene frontera con Uganda, Tanzania,  República Democrática del Congo, Burundi; fue el último territorio descubierto por los europeos. El primero en llegar, en 1894, fue el alemán Von Goetzen, que no será recordado por esto sino por ser el principal responsable del primer genocidio del siglo XX, el de los pueblos Herero y Namaqua, en 1904, en lo que hoy es Namibia.

Cuando los alemanes perdieron la primera guerra mundial, la sociedad de las naciones regaló el territorio de Ruanda a Bélgica. Los belgas dividieron para imperar, y producto de estas divisiones, al conquistar la independencia  en 1962, los Hutus echaron a las Tutsi, quienes se organizaron en el exilio y crearon el Frente patriótico Ruandés. En 1990 comenzó la guerra civil.

El 4 de Agosto del 1993 el entonces presidente Juvenal Habyraimana y los rebeldes del FPR, firmaron los acuerdos de paz de Arusha, en los que se preveía la integración política y militar de los Hutus en el poder y los rebeldes.

El acuerdo era muy cuestionado por el ala más radical, y abiertamente racista, del los Hutus. Frente a esto las Naciones Unidas crearon la misión UNAMIR para garantizar el cumplimiento de los acuerdos.

Ana María relata: “La situación era ya bastante tensa y después del atentado contra Habyraimana, que era el presidente, el 6 de abril del 1994, se desató el genocidio”

El avión presidencial, regalo de los aliados franceses, fue alcanzado por dos misiles tierra aire. En él  viajaban los presidentes de Ruanda y de Burundi, pero ninguna investigación pudo determinar quién lanzó esos misiles.

La primera ministra Agathe Uwilingiyimana, referente de los Hutus moderados, y quien naturalmente debería haber asumido el rol presidencial, fue asesinada el día siguiente por la guardia presidencial. Con ella, los 10 soldados belgas de la UNAMIR que la custodiaban.

Desde ese momento, militares, bandas de paramilitares, principalmente los Interahamwe, y civiles fogoneados  por la Radio Libre des Mille Collines, atacaron a vecinos y amigos, a sus propios familiares tutsi, tíos, primos, sobrinos, esposas, hijos. Desataron una cacería humana que se desarrolló en un período muy breve que va desde abril hasta junio.”Estamos hablando de alrededor de un millón de víctimas, la gran mayoría ejecutadas a machete”, advierte Ana María.

Aunque el genocidio fue la culminación de treinta y cinco años de progroms a los Tutsi, las víctimas no fueron solo ellos sino también Hutus moderados, por eso se habla de genocidio no solo étnico sino político.

“Muchos Tutsi  trataron de encontrar refugio en iglesias, hospitales y en lugares comunitarios, donde supuestamente  recibirían  protección, pero fueron trampas letales. Ahí es donde fueron atacados, masacrados y enterrados en forma masiva”.

Las víctimas del genocidio fueron mayoritariamente hombres adultos o menores ya que por la tradición ruandesa la pertenencia a una “etnia” se transfiere por parte de padre.

Sin embargo, la mujer tutsi fue brutalmente perseguida. En 1990 la revista Kangura publicó los “Diez mandamientos hutu”, los primeros tres apuntan directamente contra la mujer. Durante los 100 días del genocidio, entre  250 mil y 500 mil niñas y mujeres fueron torturadas, mutiladas y violadas. Muchas fueron contagiadas intencionalmente con SIDA, más de 5000 niños nacieron fruto de esas violaciones”.

Ana María llegó al año siguiente con la primera misión del Alto Comisionado de Derechos Humanos. “Nuestro mandato específico era investigar lo que había ocurrido en el genocidio, luego dar  apoyo y capacitación a lo que era el aparato de justicia. Teníamos además que hacer monitoreo  de  una situación muy compleja en los centros de detención, los calabozos, las cárceles, que estaban desbordados”, recuerda.

En un intento de parar el genocidio, el Frente Patriótico Ruandés intensificó la ofensiva militar y en julio tomó el control de la capital Kigali. La administración civil, el Ejército y las milicias huyeron a Zaire, Francia, que por años había armado y entrenado el Ejército y a las milicias en la doctrina de la guerra sucia, utilizadas en Argelia y “tan-bien”  implementadas, entre otros, por los militares de la última dictadura Argentina. Los franceses crean, con autorización de la ONU, la operación  “Turquesa”, un corredor humanitario para permitir la salida de los responsables del genocidio y refugiarlos. Casi dos millones de civiles hutus partieron hacia el exilio en Zaire y Tanzania, según el investigador Daniel Feierstein, sociólogo y doctor en ciencias sociales por la Universidad de Buenos Aires y director del Centro de Estudios sobre Genocidio y de la Maestría en Diversidad Cultural, de la Universidad Nacional de Tres de Febrero.

Líderes del Frente Patriótico Ruandés, por su parte, habían sido entrenados en la Escuela de Comandantes y Personal Militar de Apoyo del Ejército de EEUU en Leavenworth (Kansas) con un plan de estudios idéntico al de la Escuela de las Américas, enseñanzas también implementadas por los militares argentinos entre 1976 y 1983.

Las represalias, al principio, fueron muy duras. Campos de refugiados fueron atacados, miles de hutus asesinados, “aunque  ni la naturaleza ni la escala de estas matanzas son comparables con el genocidio” (Introducción a los estudios sobre el Genocidio, Daniel Feierstein).

“Empieza a haber una cantidad importante de detenidos, gente que había participado del genocidio, detenciones masivas, había una situación de detención muy compleja; se produce un éxodo de hutus a lugares fronterizos , se crean los campos de refugiados en Burundi, Tanzania, República Democrática del Congo y se producen también miles de desplazados internos, en campos  que nosotros monitoreábamos, ya que quedaron bajo la protección de la comunidad internacional, y donde también se producían arrestos masivos”, explica Ana María, y agrega: “También tratábamos de ayudar a la creación de  los programas de reconciliación. Situación sumamente compleja dadas las características de lo que fue el genocidio”

El 8 de noviembre del 1994 el consejo de Seguridad de las Naciones Unidas crea, con la resolución 955 el Tribunal Penal Internacional para Ruanda, con sede en Tanzania.

“Mientras se desarrollaban los Juicios, nosotros brindamos colaboración al personal del tribunal internacional por Ruanda,  ellos venían en términos de investigación, pero los Juicios se desarrollaban en Tanzania. Pero no todos los casos pasaban a ser casos específicos del tribunal internacional. Muchas situaciones que tenían sus implicancias en lo que fue el genocidio se terminaban juzgando en Ruanda,  por eso nuestro rol era desarrollar la capacidad de todo el sistema de justicia, es decir que  hacíamos monitoreo de  los centros de detención en todos sus aspectos, desde lo que iba a ser el calabozo, hasta lo que eran los  lugares de detención de la prisión central, teniendo en cuenta que la situación carcelaria era que, por ejemplo, en celdas de 4 metros por 4  había cien personas, situaciones de detención totalmente descontroladas”, dice Ana María.

-¿Y cómo fue esa colaboración?

-Lo que trabajábamos con el procurador era que cada detenido tuviera un expediente , cosa que al principio no sucedía,  y que después se llevara a cabo un juicio justo, porque al principio había muchas ejecuciones extrajudiciales… tratábamos de controlar lo que estaba pasando dentro de la justicia interna, fuera de lo que estaba realizando el tribunal internacional. Por otro lado se rescató el sistema tradicional de justicia ruandés, la “CACACA”, donde el prefecto, juntamente con  la prefectura de las diversas comunas, crea un tribunal comunitario, nosotros lo monitoreábamos, íbamos, participábamos”.

Ana María rescata de aquella experiencia la posibilidad de resolver aquellas situaciones tomando “los instrumentos propios”. “Creo que ahí nosotros tuvimos un rol muy importante”, reflexiona.

Ruanda era, para entonces, una gran fosa común. “Dentro del mandato que teníamos de investigación sobre el genocidio, teníamos que averiguar dónde estaban las fosas comunes, entender que era lo que había pasado. Luego de haber identificado  donde estaban las fosas comunes, se realizaban las ceremonias para dar un entierro digno a las víctimas. Encontrar las fosas comunes aportó mucho a la construcción de la verdad y la memoria. Ahí se empieza a sentir la necesidad de crear sitios de memoria”

El primero se crea dentro de la prefectura de Butare : el Centro de Memoria del Genocidio de Murambi, en Gikongoro, donde habían sido asesinadas 65000 personas. Luego se decide abrir otros, y hoy en total hay unos seis en toda Ruanda. “El espacio de la memoria es como dejar asentado qué pasó, cómo se vivió  y realmente creo que es muy sano para una sociedad tener  memoria de los acontecimientos”, reflexiona Ana María.

Pero la experiencia no fue sencilla, advierte. “El 4 de febrero del 1997 sufrimos algo tremendo, fuimos atacados, cinco  compañeros nuestros fueron asesinados en la zona de Cyangugu: tres ruandeses, un británico y un camboyano, por lo que se puede denominar terroristas, los Interahamwe, y ahí fuimos todos evacuados  a Kigali y se redujo la misión a la mitad de lo que éramos”. Ana Maria da Rocha siguió por muchos años mas viajando por África, ayudando, observando, cooperando.

Ruanda tiene hoy 12 millones de habitantes 3 de cada cuatro nacieron luego del genocidio. Sin renunciar a la justicia y la memoria emprende un camino de difícil reconciliación.